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Romina Paula expande su voz de autora


Romina Paula empieza un año fuera de su zona cómoda.
Foto: RollingStone/ Ignacio Arnedo

Es el quinto o sexto día consecutivo de una ola de calor extenuante que se instaló en Buenos Aires. Romina Paula acaba de bajar de un colectivo lleno de gente que la llevó desde el barrio de Once hasta el Cid Campeador para aterrizar con puntualidad alemana en el bar que sugirió para hacer esta nota. No hay vestigios del clima furioso ni consecuencias de la hora pico en ella, como si fuera impermeable al mundanal ruido porteño. La entrevista aún no comenzó y ya hay un buen motivo para sospechar que posee la virtud de la calma.

Desde hace un tiempo, Romina tiene un trabajo fijo y se sube a colectivos repletos casi a diario. Se está juntando varias veces por semana con Gonzalo Demaría (autor de la celebradísima Tarascones, que puede verse hasta principios de mes en el Teatro Cervantes) para escribir los doce capítulos que compondrán El maestro, un unitario producido por Pol-ka que, con Julio Chávez como protagonista, comienza a rodarse a mitad de año. A partir de la historia de un ex bailarín devenido profesor de danza al que los designios del guión van a cruzar con una bailarina joven, talentosa y de bajos recursos, El maestro busca ahondar en la relación de instructor y alumno en el mundo de las artes. Cuando la llamaron para proponerle trabajo como autora de televisión, pensó que era un ofrecimiento raro: no está acostumbrada a escribir en equipo y jamás había hecho guiones para la pantalla chica. Pero ganó la curiosidad, o tal vez cierta idea: "Por qué no". No es la primera propuesta rara, al menos en términos de sus históricos modos de producción, que aceptó este año. El mes que viene viajará a Normandía para dirigir a cinco actores franceses que interpretarán un texto de Santiago Loza en el foco argentino de un festival de teatro por el que también van a pasar Nacho Bartolone y Alejandro Tantanian, y donde se montarán, además, textos de Rafael Spregelburd y Copi. Y hace unos meses grabó una participación como actriz en televisión, algo que tampoco había hecho hasta ahora (sí se la vio en cine). Romina será la mujer de Joaquín Furriel en El jardín de bronce, un thriller de Pol-ka y HBO que estrena en los próximos meses.

Dice -intuye- que está aprendiendo mucho con estos desafíos que la sacan de su zona cómoda. "El lugar en el que me siento naturalmente a gusto, mi nidito, es la escritura de dramaturgia y narrativa. Y dirigir teatro, algo que hasta ahora siempre había hecho con gente que elegí. Pero fueron apareciendo estas cosas, que sirven para renovar los modos de trabajo, y ahora me dan ganas de decir que sí. Me gusta transitar zonas con las que tenía ciertos prejuicios y convertirlos en juicios: la fantasía se descascara y aparece otra cosa, más real. Y está buena."

Hasta ahora los trabajos siempre le habían llevado más tiempo y exigido más prudencia: le rehuía un poco a embarcarse en muchos proyectos en simultáneo. Entre sus dos primeras novelas (¿Vos me querés a mí? y Agosto) pasaron cuatro años, Acá todavía tardó siete más en ser publicada. Lo mismo con sus obras de teatro: a diferencia de otros autores y directores de su generación, ella nunca reveló demasiada avidez por mostrar algo nuevo todos los años. Varias de sus obras (Algo de ruido hace, El tiempo todo entero, Fauna) hicieron temporadas largas y la apuesta más bien pasaba por que fueran creciendo con el correr de las funciones. No tanto porque el silencio fuera una estrategia deliberada para generar expectativa alrededor de su obra, sino por necesidad: "Es que me edito mejor en el tiempo", explica. "Si los proyectos se solapan, si todo está cerca, no logro ni saber qué estoy haciendo. Hay un punto ciego con los trabajos propios. Uno cree que está haciendo determinada cosa y el otro entiende otra. Y comprender de verdad qué estoy contando sólo me resulta posible con un poco de distancia. Las certezas que puedo llegar a tener sólo se me arman con tiempo".

Mientras tanto, sus dos aportes a la escena cultural de 2016 todavía hacen olas. Acá todavía, su última novela -donde demostró una vez más que su fuerte es el trabajo con las voces de las protagonistas, probablemente una consecuencia de su formación como dramaturga: atención a los diálogos hilarantes entre Andrea y su padre, su amante, sus hermanos- sigue cosechando adeptos. Y en junio reestrena Cimarrón, que el año pasado hizo unas pocas funciones en el TACEC, el centro de experimentación del Teatro Argentino de La Plata dirigido y curado por Cynthia Edul. Esta vez, el estreno será en la sala Luisa Vehil del Teatro Cervantes, un lugar con una atmósfera casi opuesta a la del espacio anterior. Entre la arquitectura gris y brutalista del TACEC y el rococó español de la Avenida Córdoba hay, sin embargo, un punto de contacto: ambos son teatros públicos. Y eso, que podría ser un detalle, no lo es para una obra como Cimarrón, que calza muy bien en este circuito, incluso más que en el off. Totalmente desprendida de las ideas de relato y narración, Cimarrón es más bien un trance escénico en el que Romina y sus actores (Denise Groesman, Agostina Luz López y Esteban Bigliardi) comparten lecturas, sensaciones, pensamientos. "No me imagino haciendo años de funciones en el Espacio Callejón con esta obra. Creo que el ideal es pensar en pequeñas apariciones, en distintos espacios. Y que en sus distintas temporadas se vaya modificando, tal vez ablandando un poco: sé que no es una obra accesible, que tal vez hasta sea un poco críptica, ¡pero fue la que me salió! Todavía se está armando." El tiempo, ella lo sabe, se ocupará del resto.

Natalia Laube

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